El que Camina


Estoy sólo, cómo casi siempre lo he estado, o más bien cómo casi siempre he elegido estar.
-Te veo venir desde lejos y me alegro por tu encuentro. No te conozco pero me alegra que estés y seas en este instante.
¿Cómo estás? Me preguntaste. Y te dije que bien y seguimos juntos caminando. ¿Hacia dónde vas? Volviste a preguntar después de que junto a mí caminaste un rato en silencio.
-No lo sé. -Te dije- No siempre se sabe hacia dónde se va. Creo que voy a buscar la luz.
-¿Cuál luz? Me preguntaste con una expresión que denotaba real interés.
-No lo sé, esa que siempre está al final guiando a las personas hacía su destino. Aunque creo que debo de dejar de buscar, jamás he visto esa luz de la que tanto hablan, tal vez no existe y yo sólo pierdo el tiempo atado a una esperanza funesta.
-Bueno yo no tengo nada que hacer si te parece bien puedo caminar contigo y juntos buscaremos aquello que no encuentras.
-Me parece bien, al fin de cuentas esto por aquí está sólo y yo no puedo andar sólo en el camino.
-¿Qué dices? Acaso no ves la multitud que nos agolpa, por qué dices que esto está sólo si la gente nos observa, mira cómo pasamos y al igual que a una procesión abren paso ante nosotros.
-¿Aquellos que están por ahí? No, míralos bien, son maniquíes que caminan, están caminando y nadie se percata del otro. Es más mira esto. Y tomé a un niño que caminaba contento con su comida y se la robé, la tiré al suelo y la pisotee y como bien lo había afirmado mi teoría, nadie dijo palabra, ni se mofó por el niño ahora hambriento en el suelo.
-Ya veo que tienes toda razón, no son personas, son maniquíes y caminan por todos lados. ¿Pero cómo lo descubriste?
-Es fácil, no ves que nadie hizo nada, ante mi maltrato al indefenso, los maniquíes no sienten, sólo andan vestidos y ya. Yo lo descubrí el día que amé a uno de ellos.
-Entiendo, debió haberte hecho mucho daño, el amar a un maniquí que no siente y no piensa, debe ser complejo.
-Sí, pero ya pasó, no importa ahora.
-¿Hacía a dónde te han dicho que se haya la luz?
-No lo sé, nadie me ha dicho hacía dónde está, lo que me dice la vida es que debo buscar hasta que la encuentre.
-Entiendo perfectamente, bueno, no perdamos más el tiempo; sigamos caminando rápido y quizá pronto la hallemos.
-Sí, eso quiero, hallarla pronto y así descansar de esta búsqueda eterna.
-Pero disculpa la molestia amigo de tránsito. No creas que me molesta caminar junto a ti, es más hayo placentero tu voz y tu conversación. ¿Pero por qué buscas esa luz y por qué es para ti tan importante?
-No lo sé, me han dicho que es importante y qué ella es la razón para vivir. Me han dicho también que tras esa luz ya no hay maniquíes, sino personas en todo su esplendor, personas que se dejan amar y aman con fuerza, me han dicho que después de esa luz, veré a una espléndida persona que me hará feliz.
-Creo que empiezo a comprenderte dijo mi compañero mientras estábamos saliendo ya de las multitudes alejándonos a paso firme de la ciudad hacía el valle, dónde a lo lejos se divisaba una gran montaña. Tú lo que quieres es amor... supongo.
-¡No!- dije de inmediato. No me confunda usted con aquellos que van por ahí, yo no busco eso, eso no existe y no puede verse, yo busco la luz que me han dicho qué es más bella que aquello que llaman amor. El amor no es para los que buscamos, nosotros no podemos encontrarlo, nuestro trabajo es buscar.
-Es decir que no vas a encontrar la luz tampoco.
-Es probable que no, que jamás la halle y que me gaste la vida en ello.
-Pero no crees compañero que se te va la vida en una eterna e incierta búsqueda qué pueda que jamás te lleve a nada. No crees compañero qué podrías gastar tu tiempo en amar a una persona, decirle que es linda, que es bella y qué la necesitas para ser. Podrías si así lo quieres tener más personas con esa persona y educarlas ante todo para que no sean maniquíes.
-¡No amigo! Le dije un poco impaciente, no confunda usted mi misión, yo soy un  buscador y no puedo darme esas posibilidades, ni tiempo para esas minialidades. Yo debo encontrar la luz, porque quiero encontrarla, porque precisamente no quiero depender de aquello que es el ser con otros y otras, no necesito a nadie, estás conmigo porque tú lo quisiste, pero en cualquier momento podrás irte y regresar a casa con tu familia.
-No te enojes amigo, sólo quiero saber con quién camino. Además, no te lo había dicho, pero me ha dicho la vida a mí que mi objetivo es preguntar. Además, no tengo familia ¿Te molesta que esté preguntándote cosas?
-Claro que no me molesta, puedes hacerlo hasta con entera confianza, pero por favor no supongas nada, sólo camina a mí lado y pregúntame lo que ignores.
-¿Cómo te han dicho qué es la luz?
-No lo sé, creo que es clara y que hace feliz a quienes la encuentran.
-Feliz, eso suena lindo ¿Tú has sido feliz en algún momento? Me dijo mi compañero, ahora mi amigo, mientras habría sus ojos preñados de inocencia a la espera de mi efímera respuesta. Quizá sentía él que yo tenía las respuestas que le había encomendado la vida buscar, a él, el interrogador.
-No, tuve que decirle a mi amigo con una sinceridad de angustia y desconsuelo. Jamás he sido feliz compañero, desconozco eso y de lo que llaman amor desconozco la reciprocidad. Jamás me ha amado quién amo y no he podido ser feliz. Lo desconozco, es para mí incertidumbre absoluta estos sentires, por eso quiero encontrar la luz, tal vez pueda sentir la luz en mi vida y yo sea luz junto con ella y ya no importará el amor y la felicidad pues seré uno con la luz y yo seré para ella y ella para mí en la complementación absoluta de núcleo y electrón, siendo esencia misma de todo.
-Mi amigo me miró y empezamos a caminar más cerca rozándonos casi las manos, él estaba contento y yo lo sabía, me había visto sonreír y lo vi sonreír mientras yo hablaba.
¿Estás seguro qué quieres que siga caminando contigo? -Preguntó mi amigo- estamos llegando a la montaña y quizá quieras avanzar sólo, yo podría dejarte aquí y tú podrías seguir, quizá encuentres a alguien mejor y qué haga menos preguntas tontas.
-Sonreí delicadamente y mi amigo frunció el ceño ante mi sonrisa. No te preocupes -Le dije- Yo quiero estar contigo y que tus preguntas sean un aliciente constante en mi camino. Mi amigo sonrió y sentí el vibrar de su cuerpo cuando en medio de las palabras flotantes metí mi mano en el hueco de la suya y lo llevé junto a mí de camino a la montaña. Ahora él y yo tomados de la mano, de camino a la montaña y junto a nosotros un sentir extraño que me decía que no podía abandonarlo.
Mi amigo me apretó fuerte y cuándo empezábamos a subir me dijo qué me estaba amando y yo no supe que responder y caminé con él para que no se notaran mis nervios. Sabes, me dijo mi amigo; disfruto estar a tu lado y poder interrogarte, poder saber que hay en ti y  el porqué de tu eterna búsqueda. Yo sonreí y me tocó aceptar que también me gustaba estar a su lado y que sus preguntas me ayudaban a redirigirme.
-Creo que estamos cerca de la luz; me dijo mi amigo, ya tendremos que separarnos, tendremos que buscar nuestros caminos, tú serás uno con la luz y yo buscaré a alguien más para seguir preguntándole. Quizá amigo, pueda encontrar a alguien que responda la mitad que tú sin enojarse.
Sonreí y le dije de seguro lo encontrarás amigo y serás uno con él como yo seré uno con la luz. Se acercaba la cima y mi amigo estaba triste, corrían cristalinas las lágrimas perladas por sus mejillas, yo le tomé una y la lancé al suelo y como en un acto de magia en ese mismo instante una hermosa flor nació germinada de su lágrima.
-¡Qué extraño es eso! Tú puedes hacer qué las flores nazcan.
-No has visto nada dijo mi amigo. Ya verás ahora que lleguemos a la cima y sonrío
-Caminamos nuevamente en silencio, pues las palabras sobraban en este lenguaje del alma. Yo lo veía de vez en cuándo hermoso y de mi mano, caminando conmigo y triste por mi posible ausencia. Llegamos a la cima y ya estábamos cansados, era una cima pedregosa y sin vida alguna, sólo se veían las aves de rapiña sobrevolar en busca de lo podrido. De repente mi amigo se quitó las ropas y entonces todo empezó a florecer y yo absorto en la contemplación de las mariposas que revoloteaban ante la cabeza de las margaritas, le di la espalda a mi amigo. Una extraña sensación se apoderó de mí y lo vi moverse, sin siquiera verlo y voltee y en ese instante mi amigo desnudo brillaba radiante cómo un trozo de sol. Me extendió su mano y la tomé, besé su tierna y delicada mano y mi amigo sonrió y supe en ese instante que mi amigo era la luz que yo buscaba y ya enfrente de él le toqué su rostro iluminado y ese rostro iluminado que antes había pertenecido a mi amigo el interrogador me cegaba por completo.
-Me tengo que ir dijo mi amigo.
-¡No! Le dije a mi amigo envuelto ahora en lágrimas, no te vayas por favor. Te amo y quiero estar contigo, al diablo todo, yo te quiero a ti. Y acto seguido lo tomé e iba a besarle cuando de repente su rostro iluminado se fue opacando y tras la luz de su rostro, poco a poco surgía lucido y claro mi rostro. Yo sonreí y mi amigo sonrió y juntos en un abrazo nos complementamos.
23 de diciembre de 2019

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Entienda.

Añoranzas II