Entienda.

Mira, yo no pido nada, a sabiendas que el pedir es egoísta y un reflejo de nuestros deseos enmarcados en el otro.

Yo no podría pedirte y no quiero pedirte, esta alma abnegada me haría la prohibición instantánea y la acusación egoísta; la auto-bofetada vendría de mí como un rayo que surca los cielos. Entienda que no es que no pueda, porque la prohibición no existe en la lucha por el amor, entienda que no debo, que el amor que siento me prohíbe atarla a cualquier deseo enteramente mío, subyugarla quizá a una conmiseración de su parte, a una sonrisa falsa, a un sí presionado y posesivo.


Entienda que no es que no deba netamente, es que creo que uno no debe amar bajo colonización, bajo persuasión, bajo ese cumulo de palabras dadas como un precioso tesoro. No lo espere, jamás le daré mis palabras.

Entienda que no es que no crea que deba estar con usted, que no deba pedírselo una única vez, decirle: hay pan fresco en la alacena y leche tibia sobre la estufa, que mi viña está en cierne y que mis mandrágoras han dado su olor.

Entienda que mi amor canta, que anda sólo y que no pide, que no sabe pedir, que si pudiera pedir pediría, mi amor le pediría que se quede, o quizá si sabe pedir, pero no quiere pedir, porque el quiere ser y el que es no pide, es y ya. Entienda que anhelo que esté, que crezca, que me tome de la mano frente a sus gentes y mis gentes, ¡qué se quede! pero no porque lo pedí y la persuadí, sino porque usted me descubrió y quiso quedarse. ¿Ya me entiende? ¿No? Tranquila... a veces yo tampoco lo hago.




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