Lo haré así.


Ya ha llegado la hora, el jefe ha dado la orden y se esboza en mi rostro una sonrisa, una coqueta sonrisa porque voy hacia tu encuentro. Ya me he alistado, he guardado en mi bolso todas mis cosas del trabajo en la oficina; entre ellas el cuaderno que compramos a la señora Emma en el cafecito del centro. Ya iban dos días de intensa lluvia en esta ciudad tan bipolar en el clima. Corrimos para guardarnos de la lluvia y quién diría que bajo la carpa del café estaría Emma, nos quedamos allí, adjuntos, y alegres de que el señor regordete del café no nos sacará a los tres como perros a escobazos decidimos tomar un café, la señora Emma tiene quince años vendiendo libretitas en el centro y tres hijos uno de los cuáles estudia becado en una buena universidad. Todo esto lo supimos cuando pegados a la pared del café del centro la interrogaste toda y yo sólo reía al ver cómo ella igual que yo desnudaba su alma ante la confianza que en ti haya el mundo, amor. Ese día le invitaste un café con leche y dos panes con mantequilla, mientras la observabas contarte la separación de su esposo y cómo la mujer que tenía no le permitía ver a los hijos que tenía con ella. Qué épico el momento en que me miraste y me dijiste que me matarías si llegábamos a tener hijos y nos separábamos y yo me permitía olvidarlos por alguien más. "Te mato a ti y la mato a ella" sonreí creyéndote capaz y sabiendo que lo harías y te amé más bajo la lluvia, junto a la tibieza del café y las palabras de Emma.
Guardé el lapicero que hacía tres meses me habías regalado para nuestro aniversario ¡increíble que ya han pasado año y tres meses desde que nos casamos! ¡Qué efímera es la vida cuándo se es feliz! Me regalaste este lapicero diciéndome que firmaría muchos cheques con él y que pronto sería el jefe. Ante tu afirmación sólo hice lo que siempre sé hacer; sonreí y te besé en la frente, y me quedé enajenado ante tanta credulidad de ti en mis capacidades. Tú creías más en mí de lo que yo algún día podría llegar a hacerlo. Tomé el bolso y salí a la calle, casi una hora hasta la casa Brenda, allí en esa casa de arriendo, no nuestra y tan nuestra en lo inmaterial de la pertenencia, la habías hecho tuya y en cada rincón se divisaba tu alma, ese toque que transformaba todo con una sutileza absoluta. Los cuadros de pintura abstracta del señor de la calle ancha colgados en diagonal, los bodegones con una inmensa sandía que últimamente mirabas y me decías que te daban ganas de comértela, la repisa heredada de tu madre en la esquina, donde ponías una vela aromática cada vez que yo salía y no estaba porque sabías que odiaba el olor de tus velas baratas. El terciopelo de tus muebles, el color de tus cortinas, la textura de tus sabanas, la mesita de noche con las pastillas para distintos dolores, no fuera ser (así como afirmaba tu madre, estabas loca igual que ella) que un dolor en la mitad de la noche nos robara el sueño. Esa casa es mágica y toca llamarla casa porque tú la llamas así aunque no es más que un pequeño apartamento con una sala que por una barra tipo bar delimita a la cocina, que tiene pescaditos en la pared y cofres como misteriosas cajas de pandora pintados de blanco y negro cual vaca, donde se guardan los condimentos, un gran mesón y esa barra llena de tu losa y tus copas heredadas por nuestra boda, al fondo una habitación pequeña y el baño de umpa lumpas que hemos vuelto motel; es pequeño pero tiene su misticismo, una cosa extraña a la que nadie encuentra respuesta, pero yo sé que no es más que la personificación de tu esencia colmándolo todo y de tu toque exquisito sobre cada detalle.
Salí a la calle y a mí favor el bus llegó rápido Brenda y surgían en mi interior unas ganas locas de amarte. Yo amor me montaría en este bus que recorrería esta ciudad nuestra, dónde nos conocimos, donde nos hemos hecho y donde quieres que sigamos porque dices que nada hacemos por fuera, que debemos aportarle a este lugar que nos vio nacer y que está repleto de gente buena y es inevitable evocar a Emma. Llegaré a esa, nuestra casa de arriendo y te besaré en la frente, bajo el sentido máximo del afecto y la protección, me preguntarás cómo estuvo todo, yo te responderé que bien mientras me observas desnudarme, yo te preguntaré cómo te fue a ti también en el trabajo y tú me contarás una historia pintoresca buscando que me ría; me hablarás tal vez de tu alumna preferida, la nena de tres años que hace par semanas estuvo internada en el hospital porque le dio una fiebre extraña y que tú indicaste era gracias al descuido de su madre. O tal vez me cuentes algo tonto (que para ti es algo tan serio) de alguno de tus veintitrés alumnos y yo te escucharé risueño y sorprendido ante la demasía de cuentos nacidos de unos niños de 3 años.
Después amor, me servirás la cena que ya has preparado después de llegar del Kínder y comeremos juntos cómo lo hemos hecho siempre, igual que un litúrgico acto, el nocturno ritual donde cada noche tu cena y tus brazos me aguardan, me esperas Brenda y a veces me sermoneas cuándo llego tarde, porque me dices que te mueres de hambre. Y me río y jamás te digo que comas antes porque yo quiero que siga siendo así, que nos brindemos la posibilidad de agradecerle a la vida juntos la llegada de los alimentos y sobretodo porque me gusta ver cómo te inclinas hacia el plato y la manera en cómo le quitas la carne al pollo solo con el tenedor, ¡qué maravilloso es verte comer! Saber que comes para estar bien, para seguir existiendo. Nos reposaremos, lavaremos la losa y pelearé contigo afirmando bajo una convicción absoluta que podría ser merecedora de un galardón que yo lavé ayer y tú enjuagaste y terminarás cediendo, aunque sepas que tú casi siempre lavas y que yo casi siempre enjuago. Acto seguido yo leeré un rato y tú harás cualquier otra cosa, tal vez, rebuscar en tus uñas una infinita mugre que en tu mente nunca acaba, levantar la ropa que de seguro dejé en el suelo y amenazarme con que la arrojarás en la basura sino se me quita la costumbre de andar dejándola en el suelo, o quizá preparar las clases para tus niños que te esperan mañana, con la misma alegría que yo te espero siempre. Nos ducharemos cómo lo hemos hecho desde hace un par de meses con la excusa de ahorrar agua y yo te jabonaré la espalda y tú me jabonaras las piernas, bajo la sumisión aquella a la que te invita el deseo. Nos ayudaremos a secarnos porque ahora sólo tenemos una toalla, yo quemé la mía hace una semana intentando plancharla, entonces tengo que esperar que tú te seques y que después que se te antoje con una sonrisa me la extiendas húmeda de ti y deslizada por tu sexo, me pasaré esa toalla por el rostro sin remordimiento alguno de donde pudo haber estado y que líquidos pudo haber secado, ya de ti Brenda perdí en absoluto el asco, te siento mujer extensión de mi cuerpo.
Te pondrás la pijama (no sé para que lo haces) y te veré meterte entre las sábanas a la espera tardía de mi ceremonial seductor, donde empiezo sutil y delicado a hablarte al oído a decirte mujer qué eres ingenua y que voy a violarte, que soy un infante y necesito mamar de tus pechos mujer, qué soy animal errante y que necesito dormirme en el calor de tu madriguera. Inventando cualquier estupidez en busca de tu hipersexualidad maestra Brenda, qué me des el goce aquel de los tiempos perdidos, que me enseñes maestra el sutil arte de amar. Qué necesito me hables en ese lenguaje universal del sexo, donde los amantes se comunican bajo el instinto, qué te desinhibas toda que aquí estaré yo para apresarte cuándo bajo el descontrol del éxtasis te desbordes temblorosa. Te tomaré integra, y lanzada en esa concavidad donde sueles dormir me extenderé sobre ti salomónica mujer creyendo quizá en lo sulamita de mi destino que puedo hacerte bien. Te besaré el cuello, tu cuello bordado de lunares, te lameré los senos con la vehemencia de chacal famélico, bajaré hasta tu sexo que dócil y entreabierto me espera para que lo recorra, y lo recorreremos de palmo a palmo, juntos, en ese conocimiento que te ofrezco, para que te observes y me observes en la contemplación de tus formas. Seguiré ese juego siniestro donde siempre pierdo, me pierdo mujer y te encuentro plagada de deseo. Extasiada me dirás ¡basta! ¡Qué te urge que lo haga! Y yo sacerdotisa pactaré la entrega a Eros que nos permite tomarnos. Me entraré en ti y después de la inconstancia de tu sexo en el mío de mi fuente pura saldrá el sacrificio donde temblorosos y agitados en la cúspide daremos ofrenda, buscando obtener fuerzas para lo que resta de noche. Te acostaras junto a mí después de haber acabado y dándole cuchilladas a la noche constelada te veré dormir a mi lado, te escucharé masticar el aire y cuando te halles turbada bajo el manto de un sueño intranquilo te arrullaré para que duermas en calma, esperando que con su crepuscular voz nos llame la mañana. Así lo haré amor, así lo haremos, en el acto repetitivo menos rutinario que existe. Así te besaré, así te haré el amor y despiertos ya, tú en tu trabajo y yo en el mío, jalonaré el día que nos impide amarnos. Así te vigilaré el sueño, así me despertaré en la mañana con la inmortal esperanza que tu buenos días me plaguen de aliento, que me ames mañana igual que hoy y que el beneficio de amarnos sea este deseo intenso.
Te amaré mañana en la espera intranquila que nos separa, rodeados del ocio y el tiempo aprendido, del jalonado constante del cronos, donde regreso impaciente a la casa donde me esperan tus brazos, ese asilo aquel que me salva cuándo me fatigo huyéndole a la vida. A la espera de ese jefe que aunque cordial y bonachón me ahoga con sus exigencias. Y el informe aquel, y las ventas del mes y los impuestos al producto y en mi memoria tu risa tiritante que se queja porque el agua esta fría. No se le olvide que debemos aumentar las ventas y te veo venir con los cabellos lamidos por el agua, asidos a tu frente y la estrategia para el mes siguiente donde te observo desnuda con una pose sensual y el pie inclinado rasurándote el pubis. Los compañeros que vienen a felicitarme por el vendedor del mes mientras tus pantys tendidas en el baño me dicen que debemos buscar algo más grande que si te compras una panty más tocará sacar la estufa y entonces mi jefe me abraza por las excelentes comisiones y en mi mente la blusa que vi ayer en el Maniquí, me pregunto si tendrán de tu talla flaca de ensueño. Y sonrío porque llegará la mañana y estaremos juntos en mi mente, jugando a la pilindrina como en el parquecito aquel dónde te besé por vez primera, te recostaste a mí, cansados de ser tan adultos, fuimos un rato, niños y puse un beso inseguro sobre tus labios. Me gastaré el día en el deseo de la noche que nos une, me gastaré el día deseando a esa negra inmensa que nos cuida el fuego,  rogándole para que sea lujuriosa, estrellada y eterna. Así lo haré Brenda, así te desearé bajo un anhelo continuo que no acaba, que no se transmuta, adyacente a la frialdad de la noche dónde tu cuerpo tibio se acurruca a mi pasión trepidante. Así transitaré el camino, estás calles laberintos inciertos que me ocultan tu cuerpo; me bajaré del bus y caminaré, me adentraré en las calles distraído como suelo hacerlo, sin saber aún a quien me encuentro en el camino, siempre torpe y distraído, llegaré al frente, sacaré las llaves, cruzaré la calle, abriré la puerta lentamente y me sorprenderá tu sonrisa tranquila que espera a la mía, a mi sonrisa cansada que se recobra contigo. Sólo que... espera, esta vez ha sido distinto, me he bajado del bus, he caminado las calles consiente, he saludado a los vecinos he llegado a la tienda y he comprado una bolsa de regalo para meter la blusa que te he comprado, he cruzado la calle solitario y antes de meter la llave me he topado con tu risa que se asusta al abrirme la puerta y en el mueble a tres pasos de la mesa tu madre que nerviosa se abalanza sobre la mesita buscando tapar aquel objeto que ante mí se muestra. Allí estaba, con dos líneas rojas la muestra absoluta que la casa de alquiler, nos ha quedado grande y que la blusa pronto te quedará pequeña.
30 de enero de 2020

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