Un bus de ensueño
Habíamos caminado demasiado. El sol
con su lengua luminosa nos había lamido la piel y cansados de caminar entramos
dónde habríamos de comprar unos muebles, y nos sentamos descaradamente empujados
por el cansancio en unos puffs de exhibición, tu hermano, tú y yo. Qué extraña
fue la vida en ese instante mientras cruzábamos por el almacén, como nos llevó
a ese sometimiento, a esa indescriptible sensación que te faltaba algo y que
debías comprarlo, qué tenías que llevarte cariño esos muebles porque hacían
falta en tu casa. Y me abordaron los pensamientos, esa idea que me mostró lo
imprevisible que es la vida cuando se anda por ahí de la mano de una mujer.
Reímos tanto, hablamos un rato de lo difícil que sería bajar esos muebles los tres
cuándo llegáramos a tu casa, y nos reímos por lo tontos que fuimos al caminar
tanto para comprar pinturas y terminar comprando muebles. Llegó el camión
cargado y alguien tenía que subirse a él para guiar a los despistados
transportadores hasta el fin último, hasta tu casa, donde los recibiría tu
madre con cierto asombro de todo aquello que has venido haciendo para que ella
viva mejor, para que este bien, esa señora tan bella, sencilla y dócil, nada
parecido a ti que eres tan testaruda y glamurosa, aunque, la belleza sin duda
alguna es heredada. Te cuento esto como sí no hubieras estado ahí para ayudarme
a mí mismo a ponerme en contexto.
Te fuiste en el vehículo con los dos
hombres sin que faltara la observación a los dos transportistas de que debían
ser respetuosos y que cuidado con cualquier cosa, que no se las fueran a dar de
enamorados o aduladores.
Después de verte partir lo hicimos
nosotros también, debíamos bajo tu encargo ir a comprar las pinturas, pero lo
más extraño de todo esto es que al verte partir te extrañe y me sentí sólo. No
sabía que era esto, jamás lo había experimentado, era como desprenderme de lo
que eres en un auto, adelante iba el auto a una cuadra dando la vuelta y allí,
junto a ti, mi amistad contigo ternura, y pensé en lo bizarro que es la
necesidad del otro y como se forman en nuestra mente los sentires ante el
despertar conjunto de los sentidos; fue en ese instante, cuando te subías y acomodabas
tu cabello hacia adelante, fue allí, cuando la visión de ti en el carro
lanzando un beso de despedida lo que te permitió ser mi amiga, ahora que
cruzabas la esquina, ya no lo eras tanto, eras la que se fue, la que no está,
una vaga idea en mi mente y una proyección en tu hermano que junto a mí
caminaba en busca de las pinturas. Ahora, eras un ideal que me daba miedo,
porque no te conocía... a mi mente en ese instante, no llegaba tu rostro.
Habíamos terminado ya de comprar
todo, estábamos en el bus y pusimos las cosas bajo el asiento y para repartir
todo mejor, él se sentó en las sillas de adelante y yo me senté en las sillas
de atrás y nos hacíamos apuntando a la muñeca, señas de lo tardado que iba el
bus. Tantos minutos de espera y tanta gente gritando, afanados y sudados, iban
a terminar por estresarme, tuvimos que esperar alrededor de quince minutos
hasta que por fin salimos del embotellamiento. Nada más propicio para la espera
en esa tarde decembrina que una buena siesta, tomé los galones de pintura, los
saqué un poco de debajo de la silla, subí en ellos los pies y quedé inclinado,
como sentado en una silla de descanso. Recosté mi cabeza al respaldo de la
silla y junté los brazos en un auto abrazo arrullador. Nada había ahora que
impidiera mi siesta hasta la parada a unas cuantas cuadras de tu casa, no había
nada que me dijera que no podía, que estaba vedado, que estaba estrictamente
prohibido recostar mi cabeza en el respaldo de la silla del autobús y sumirme
en un sueño profundo, tan necesario gracias al cansancio acumulado de todo la
caminata del día.
Nadie cariño, nada ni nadie me decía
que no, que no podía. Por el contrario el aura que se formaba ahora un poco
mística porque caía la tarde y los destellos pardos en las nubes y la brisa
suave que me rozaba el rostro, me invitaban al sueño, los llamados del sueño
eran ahora inmensamente notorios y me plagó en ese instante una felicidad
extraña, un contentamiento externo por lo bello de la tarde y lo suave de la brisa, y estaba cariño, en
ese momento de mi vida, en una diáfana y pura paz que procedía de las cosas. Me
recosté y cerré los ojos, avanzamos unas cuadras de manera lenta; sé que estos
detalles no importan, pero los creo necesarios para que más adelante saquemos
las conclusiones. Es serio, no te rías de mí.
Bueno, prosigo. Se detuvo el autobús
normal, nada de estruendos o movimientos bruscos, pero no sé por qué abrí los
ojos y me vi ante aquello que voy a contarte. Venían entrando en la puerta del
bus cuatro hermosas mujeres, una chica como de quince años, una cómo de
dieciocho y en los brazos de una señora como de cuarenta una niña de alrededor
tres años. Cuatro bellísimas mujeres que se repartieron en tres asientos que
quedaban libres en el autobús, ninguna quedó cerca de la otra, la chica de
quince delgada y de cabello lacio se sentó a lo último junto a un anciano que
cabeceaba de sueño, la mujer un poco más gruesa se sentó en la fila inmediata
detrás del chofer con la niña en sus piernas y la chica de dieciocho años vino
a sentarse a mi lado. Sé que es tonto lo que te voy a decir, pero un chico
interesante habría empujado los potes de pintura hacia más abajo de la silla y
se hubiera sentado recto intentando mostrar una actitud dominante, pero no yo,
yo no lo hice y no sé aún el porqué. Me senté normal y seguí manejando las
cosas con una tranquilidad inmensa, no me turbé ante la belleza de la chica de
18 años (estoy casi seguro que tenía 18) que no era delgada pero tampoco
gruesa, era de esas extrañas contexturas que ni sabemos definir y que podría
enmarcarse en algo así como: rellenita o abrazable. Tenía un cabello ondulado
castaño oscuro, una cara redonda que se hacía extraña con su nariz fileña y
grande, unos senos grandes con escote pronunciado que dejaba ver gracias a su
blanca tés las líneas verdes de las venas que abrazándose de esos pechos
prominentes y redondos, venían a ser en sí mismas unas líneas formativas de lo
artístico, líneas sueltas que se convirtieron para mí en ese instante, en lo
constitutivo de lo sensible del arte: líneas verdes en un lienzo poroso y
delicado y la subjetividad del observador que siente placer y gozo al verlas.
Yo me hice el tonto, como me hago casi siempre ante todas las decisiones en mi
vida. Siempre soy el tonto que no hace nada, el procrastinador de lo inmediato,
de lo inaplazable en la vida.
Seguí normal y volví a recostar mi
cabeza e intenté no darle importancia a esta mujer que no tenía que ser
extremadamente hermosa, poseedora de una estética superior para moverme de
lugar y ponerme un tanto incómodo en mi silla alquilada de bus. No le des
importancia me dije y cerré de nuevo los ojos, mientras ella se sentaba con las
piernas un tanto abiertas y sentí su rodilla un poco debajo de mi muslo que
levantado por el efecto de inclinación que me daban los potes de pintura me
dejaban expuesto a este tipo de cosas. No dije nada y seguí recostado y me
propuse descansar sin importar el vibrar incontrolable de los bellos senos de
mi vecina.
Empecé a caminar demasiado, no sabes
cómo, empecé a fatigarme y me desesperaba por estar inmerso en ese cúmulo de
calles de un infinito laberinto que como entrada al tártaro me decían que no
había salida. Cansado de caminar, ilógicamente comencé a correr por esas
misteriosas calles y como no encontraba salida ni encontraba lo que buscaba me
propuse partir las calles. Sí, las partía, atravesaba las calles con fuerza por
la mitad y las rompía; salían volando las piedras arenosas a todas partes por
la fuerza de mi impacto. Estaba llorando por lo cruel de todo esto ¿qué era lo
que buscaba que no podía hallarlo? ¿A dónde iría de terminar? ¿Cuántas calles
más habría de romper para saber qué era lo que buscaba o siquiera, para saber
por qué corría? Calles partidas, piedras y arena volando, una agitación
incontrolable de mi pecho, que se estremecía al no encontrar lo buscado y una
preñez de ideas que ni se concretaban acerca de mi angustiosa búsqueda. Correr,
correr y partir calles a la mitad, casas que se reventaban a mi paso, pensé que
jamás acabaría este desespero hasta que por fin me detuve y me pregunté ¿por
qué tanto afán? ¿Qué es lo que estás buscando? No sé, y miré mis manos, no
puedo saberlo y saberlo no me dará la solución a nada. Cálmate, me dije. No
puedes andar en todo momento así, piensa bien en qué es lo que buscas e intenta
ver una respuesta.
No sabía, que decir ni que argumentar
cuando halado por un freno estrepitoso del autobús y la sacudida que me di, se
me desacomodó la cabeza del hombro de la chica a mi lado. Me levanté lentamente
y miré suave para intentar encontrarme con su mirada que de seguro se tocaría
con la mía en aquel reclamo silencioso que habría de hacerme. Pero no fue así,
para mi suerte sus ojos estaban también cerrados y sus senos se levantaban al compás
de su respiración. Al ver que ella estaba dormida también y que no había nada
que me impidiera volver a recostar mi cabeza sobre su hombro, que su voluntad
estaba ahora permeada por el cansancio y que podría en medio de todo esto,
abusar un tanto de ella y de su hombro tan cómodo, pues no lo pensé más y lo
hice, me recosté de nuevo en su hombro y sentí la magia que su cuerpo me
brindaba. La chica olía a uvas, es un perfume común que anda en el viento, pero
que ella le daba un punto especial, ella lo hacía un mejor perfume, la mezcla
tal vez avec le poivre de sa sueur était
comme un vieux vin. Esta mujer aquí a mi lado, olía exquisito y yo de falso
dormilón lo estaba disfrutando. Andaba el autobús y ella a mi lado y su pierna
un poco más bajo mi pierna y mi cabeza disfrutando junto a su hombro. Habían
transcurrido un par de minutos en los que pude verla de reojo, miré su blusa de
flores y su escote, su blue Jean ajustado y su mano abierta que hacia arriba
descansaba sobre su pierna, unas blanquecinas manos llenas de un sudor perlado,
que junto a la mismísima pierna que bajo mi pierna estaba me plagaban de unas
inmensas ganas de morderlas, cuánta fuerza no tuve que hacer ese día para no
morder su mano; lamer cada falange, limpiar minuciosamente cada uña, pero no
podía porque era como una esfinge y debía ser así, una imagen santa que se
venera y no se palpa, no podía abusar de esto que ahora ella me daba. Cómo se
detuvo el tiempo a su lado, como la sentí en el crujir aquel de su garganta, en
el desgarro que hacía ahora para afinarse, para sentir en medio de los onomatopéyicos ruidos del autobús en su andar, su voz paseriforme que empezaba a
tararear una canción para mí irreconocible y como provenía de su voz, quedé un
tanto impresionado al descubrir que ya no estaba y que quizá jamás habría
estado dormida.
Ya está, pensé. Ahora me moverá
lentamente para no despertarme y recostará mi cabeza en la ventana, o tal vez
empezará a hacer movimientos en su hombro para que yo me levante y le pida
disculpas en un mentiroso acto de frotarme los ojos por estar dormido. Pero no
fue así, para nada fue así. Su cadenciosa voz se mantenía en ese susurro, en
ese tararear constante que me adormitaba y creí en ese instante que la paz
tiene senos y nombre de mujer, pero yo no sabía cuál era su nombre. Me quedé
allí, recostado y meditando; pensé en lo magnífico que era estar a su lado pero
también en lo efímero que sería este momento. Estabas aquí, a mi lado, tu
pierna un poco bajo mi pierna, mi cabeza sobre tu hombro y tu mano abierta
escarchada que me invitaba a tomarla a santificarla en la pontificia invitación
del beso, un beso para esa bendita mano tornasolada. Todo esto sucedía y tú lo permitías,
hacías mujer propicio el encuentro de nuestros mundos que extraviados en un
autobús se encontraban, se reunían y se acompañaban. Y pensar que pronto todo
acabaría, que si te bajabas primero yo estaría atado al minucioso acto de
aprender aquel lugar donde te bajarías y te seguiría por la ventana alargándote
en mi mente con la mirada hasta cuando al haber andado demasiado ya no te viera
más, te perdieras en la imposibilidad de la torcedura de mi cuello que no
podría descaradamente salir por la ventana a ver si cruzabas la calle o te
introducías meditabunda en alguna casa. Sí ves amiga, te hablo como si hablara
con ella, no te rías, es serio. Pero si fuese yo quien saliera primero pensé,
no podría dejar de hacer aquello que es común, sacaría mi encargo, ese encargo
tan tuyo que implica abnegación y vergüenza, que sólo tú sabes darme, ponerme a
cargar con pinturas ante tan hermosa mujer, pensar en tener que pedirle permiso
y salir sobre ella torpemente con mis pinturas (que en realidad eran tuyas) en
las manos y buscando con la otra sostenerme de cualquier lado para no rodar en
medio del bus si el conductor llegase a frenar en seco. Pero cómo ibas a saber
tú que yo la encontraría, que me sentiría violentado por el tiempo que me
llamaba a descender, a bajarme de ese autobús que era ahora una especie de Pangea
que me daba todo el terreno para correr desnudo en busca del fuego. Tú no lo
sabías y te amé por eso, porque yo no sería ahora cualquiera en su vida, yo
sería el tonto dormilón de las pinturas, de los potes, de los recipientes
llenos del líquido viscoso con que le daríamos armonía a tu casa y ella me
recordaría porque me le dormí en el hombro, pero me recordaría más porque me le
dormí en el hombro con los pies sobre las recipientes y eso me haría ver más
cómodo, más sin vergüenza. Yo sé que no es importante que escuches esto y que
realmente es estúpido, pero por eso te amo, porque aunque el discurso estúpido
y vacuo no falte en mi boca, tu oído siempre está presto para mis palabras. No
me pongas esa carita y no pares ese piquito como zarigüeya, que todavía no he
terminado el relato.
Pues sí, ya veníamos como a diez
cuadras de donde habríamos de bajarnos, por allí, cerca de la panadería aquella
dónde terminamos comiendo después de buscar un protector para el teléfono de
nuestro amigo; ahora pensándolo bien, contigo todo gira en torno a caminar,
comer y reír, y ser felices un tanto también. Faltaban esas cuadras, quizá dos
o cuatro minutos cuando mucho, pero yo no quería que transcurriera el tiempo,
que me tocara bajarme a mí primero como seguramente iba a ser porque ni ella ni
la mujer con la niña que estaba a mi vista desde mi cabeza en su hombro daban
nuestra alguna de querer bajarse pronto. Entonces amor yo decidí levantarme,
salir del hipnotismo aquel al que me invita su cuerpo, esa mano que ya no
estaba abierta sino que caminaba sobre su pierna quien fuera errante quien
fuera zapato quien fuera vagabundo nuevo. Caminaba su arqueada mano, donde las
falanges unidas daban la forma de una misteriosa mano que porta la hoz y el
rollo marcado. Me levanté, despacio de su hombro, me froté los ojos como lo
planeado y la miré con la mirada que lo dice todo y yo supe en ese instante
dónde mi mirada y su mirada se superpuso, en ese choque siniestro de meteoro y
estrella, yo supe amor que ella sabía, que era hermosa y que mi mirada lo
decía, y que su voz me mataba y mi sonrisa ingenua le decía que el arduo trabajo
de su hombro que sostenía mi cabeza, sería el pacto incondicional de un amor
efímero, que ese hombro cálido me invitaría a la evocación continua de su
rostro en mi memoria y que buscaría otros hombros donde apoyar mi cabeza y
encontrando algún día la felicidad absoluta, ya mi cabeza descansaría
eternamente.
No digas que soy trágico. Pero es que
realmente la pienso a cada instante, pero hay muchas otras cosas que me hacen
pensar más, interrogantes que llueven en mi mente y ahora, ya no hay que sufrir
por eso pero quiero que me digas algo desde tu perspectiva de fémina y amiga.
¿Qué habría pasado si le digo hola solamente, si le digo que la quiero? No con
ese querer de amor, sino con ese querer posesivo y cosificador de te quiero
para mí. ¿Qué habría pasado si le digo cómo estás, si la invito a charlar un
rato, si me despego de su hombro y me lanzo a arañarle el alma? ¿Qué habría
pasado? No lo sabes verdad, pues yo tampoco. Pero todo morirá en la evocación
funesta de lo que no se hizo, de la inacción praxis que me embarga siempre, ya
que lo único que hago es no hacer nada, lo único que sé hacer es hacer lo que
sé, y lo desconocido me aterra y me plaga de miedo como las pulgas a tu perro.
Yo no puedo seguir así y lo sabes y tu eterna búsqueda del amor que también es
la mía, aunque no la misma no puede constituirse en una mofa continua a nuestro
amor que siente miedo, no podemos permitirnos el fracaso aunque sea inevitable,
entonces te preguntarás como habremos de hacer eso, y yo te responderé lo único
que he querido decirte después de todo este cuento y es que: tú debes insistir
aunque te duela, aunque llores y se te rompa el alma otro par de veces, y yo he
de lanzarme a la búsqueda y he de vencer mis miedos al paso siguiente. No me
mires así, te prometo que la próxima vez que duerma en el hombro de una chica,
he de decirle hola. ¿Contenta? Lo sé, yo también te quiero.
Comentarios
Publicar un comentario