El Tiempo (rescatado del dilema)
Qué ridículo era pensar en el
tiempo, en eso que acrecienta las distancias, enfrentar el blandir de su oz y
pensar en que nada estaba escrito, que debíamos escribirlo, que yo estaba en esta
realidad donde tú también estabas y aunque las viviéramos juntos, las asumíamos
distinto. Yo no lo quise jamás, pero era
inevitable hacerlo; pensar en ti, el tiempo y la distancia. A veces Dorotea me
ponía a pensar en aquello que nos separaba, en las distancias que nos
separaban, nada metafísico, esas cosas incorpóreas no podría medirlas, sobre
todo si tú eras tan incierta y entonces la distancia entre tú y yo podría
medirse en mis estados de incertidumbre. Pero de eso no hablaba yo, no lo
medía, era estúpido el sólo pensar que podía medir que tan distanciadas estaban
nuestras almas, si aún en el momento de la entrega tú te erigías como un
inmenso misterio, y no sabía en aquel entonces si eso que te conocía era sólo
una muestra de tu diversa esencia. Y terminaba por descubrir absorto, después
de tanta contemplación de tu cuerpo que revoloteaba junto a mi tendido como en
busca de mi calor, (a calentarse venía tu cuerpo a mi hoguera Dorotea)
descubría mujer deidad que había un abismo entre tú y yo, que lo extendías y
que ni aún tú sabías como conectarnos.
A veces miraba que distancia
había entre tú y yo, (de manera física) llegamos a estar tan juntos que una parte
de mí había en ti y nuestros ungüentos se mezclaban en una sola y cristalina
fuente. Pero a veces llegábamos a estar tan distanciados, yo Dorotea en mi casa
y tú en la tuya; yo pensando en ti y tú pensando en quién sabe qué cosas y eso
también era una gran distancia, el hecho que te pensara y pensándote, pensara
que no me pensabas, que pensabas a alguien más, que no andaba yo en mi triciclo
metafísico dando vueltas en tu
mente. Había de mi casa a la tuya unos nueve kilómetros, esto serían unos 11.700
pasos hasta ella, pero no podía medirla
en pasos y mucho menos en Kilómetros, era el tiempo que había de mí hasta ti lo
que me atormentaba. 11.700 pasos, dos horas y veinte minutos caminando, más
veinte minutos de descanso, dos horas y cuarenta minutos. O tal vez no
caminara, sólo me bastaba caminar cinco minutos hasta la parada del bus,
esperar en promedio 10 minutos más hasta que este llegara y luego veinte
minutos hasta tu casa, aquí habían 35 minutos. Pero si no quería eso mejor
tomaba un taxi, salía a la parada cinco minutos y 15 minutos en el taxi si el
tráfico estaba normal, entonces aquí eran veinte minutos. Pero qué estúpido
medir la distancia hasta tu encuentro en minutos y horas como si algún día
hubiese encajado en ese minucioso ritual de medir el tiempo y de andar mirando
el reloj.
Yo Dorotea, pensaba en la
renuncia de las cosas que podía hacer en el tiempo que me llevaba llegar hasta
tu casa. Si caminaba, podía en ese tiempo leer un libro pequeño, escribir un
par de páginas de aquellas historias que sólo a ti te refería y que aunque
fuesen buenas jamás estarían al alcance de las personas porque no las
compartiría, este ego de pequeño burgués medianamente estudiado con ínfulas de culto
no me dejaría que leyeran algo tan penoso y cargado de mi alma, porque siempre
Dorotea... escribí con el Alma. También podía con ese tiempo verme una
película, sabes que me encantaba el cine y que andaba recomendándote tontamente
películas creyéndome tal vez dueño de tu tiempo, cómo si no tuvieras otros
admiradores que atender, otras citas que cumplir, otras llamadas que responder
y trasnocharte entonces cómo lo hacías conmigo pegada en el teléfono.
Si intentaba tomar el bus,
renunciaría a la posibilidad en esa media hora de ordenar mi cuarto, este
cuarto que siempre andaba lleno de libros por todos lados, quizá podría lavar
el baño también, y no por el hecho de ser hacendoso, sino por la paz infinita
que me daba el lavar el baño, ¡qué claros eran mis pensamientos al restregar
cada baldosa, qué lucidez había en meter el cepillo en el inodoro y ver como se
ponía blanco cómo la nieve! Este mi Doro era un pasatiempo magnífico y una gran
herramienta para aclarar mis ideas cuando colmado de dudas me estresaba
fácilmente y quería estar a tu lado para estar tranquilo, pero no podía estar
cuando quisiera contigo, entonces lavaba el baño y esto me ayudaba a
tranquilizarme.
En cambio y como última
opción si decidía tomar un taxi y llegar presuroso a tu casa, tenía que
renunciar a un Sudoku, una sopa de letras, cuatro canciones de Pablo Milanés
donde descubría el breve espacio dónde no estabas, quizá podía escribir alguna
parte de aquellas cartas que escribía y que nunca te entregaba porque sentía
que te daba mucho y qué tú me dabas poco ¿Pero qué es suficiente para el que
ama? De pronto me lo dabas todo, pero yo no lo esperaba porque no comprendía tu
lenguaje, y tal vez ese beso de despedida era un te quiero y ese vaso de agua un
quiero que estés bien, la gaseosa un quiero que estés gordito para abrazarte
mejor. Quizá era así, o simplemente era una despedida para que me fuera rápido,
un agua para que me ahogara y la gaseosa un camino hacia la diabetes para que
esta me exterminara. Siempre en los extremos, jamás podía manejar centros, los
equilibrios en los pensamientos no era lo mío, que inevitable era estar en
cualquier extremo cuando yo no sabía absolutamente nada.
Todos estos caminos eran
posibles, todas estas renuncias eran necesarias si yo quería acortar la
distancia de tu cuerpo y el mío y reflexionando realmente caía en cuenta que
nada importaba, que cualquiera podía ser el camino y que en todas iría feliz
hasta tu encuentro, que mi tiempo no estaba bien gastado sino era junto a ti.
Qué hermosísimo era pensar que yo llegaría hasta la esquina, que para mí ya era
tu casa, caminar cinco minutos y pasar ese ritual de las miradas inquisidoras
de tus vecinos, llegar frente a tu casa, posarme delante y verte tal vez
levantarte de una silla, aparecer de la nada de debajo de la orilla de la
ventana donde la luz hacia un juego extraño, no podía mirarte ya que mis
pupilas contraídas no podían ver bien gracias a la poca luz dentro de tu casa.
Entonces salías después con una hermosa sonrisa y me invitabas con un gesto de
la mano y con un adelante a entrar en esa casa que era para mí como un vasto
universo. Estaban allí contenidos miles de tus secretos, estaba en la sala el
discurso de tus antecesores visitantes, de esos que antes de mí quisieron
poseerte, en la cocina el sazón de tus manos, en tu cuarto la esencia de tu
alma y en el baño la desnudez de tu cuerpo.
Todo estaba lleno de ti y
que maravilloso era estar junto a ti ahí, sentía que te conocía otro poco,
viéndote moverte de un lugar a otro tras las voces de tu madre que te apuraba
para que cocinaras deprisa que estaba por llegar tu padre. Me metía a veces a
la cocina contigo y juntos intentábamos inventar platillos, jugar con los
ingredientes así como jugábamos con nuestros cuerpos. Qué podría pensar Dorotea
tu madre si se enteraba que tu amigo el asesor bancario que les iba a ayudar
con el crédito para el carro (porque eso era yo en tu casa, un simple amigo) te
conocía la desnudez mejor que ella. Intentaba yo meterme en ti como la lluvia
por los agujeros del tejado sin saber que eras tú quién llovía en mí,
inundándome todo de tu trigueña esencia. Llovía ahora Dorotea, tu trigo en mi
campo.
Comentarios
Publicar un comentario