Eterno Sueño.
Estaba a la espera de aquella
llamada que jamás vendría, de esa conexión latente e infranqueable con el otro
lado, con mi otro yo que habita en ti, para divisar ahora en la cuasi bola de
cristal que es mi maquinadora mente lo incierta que sería la vida en la
plenitud de tu ausencia. Más nada vendría, solo esperaba en este instante el
desamor ser mi compañero. Clac... clac... clac... Hervía en el aire esa
onomatopeya maldita que mide en nuestra ausencia el tiempo. Clac... clac...
clac... El péndulo que marca la hora, que me dice doctrinalmente que ya es
tarde, que debo dormir o lanzarme a las calles, entregarme a la danza de las
sábanas dónde he de descansar, donde he de sufrir ahora, revoloteando como
sanguijuela sobre sal, donde ha de quemarme como hielo tu ausencia. Dormir, me
repitió esta mente que armó la coartada, que propuso e ideó minuciosamente el
plan donde te entregaba a la furia de estos celos que abrasan. Matarte
maldición, debí matarte cuando pude. Clac... clac... clac... Me habla el tiempo
en su voz de péndulo, en esa voz constante que jamás deja de hablar, aunque le
destruyese, aunque tirase el reloj por el balcón invitándolo a destrozarse en
la desierta calle que ha besado tus pies Ana, el jamás callará su voz, seguiré
tiempo escuchando tu voz en mi piel que se arruga, en los días Ana, en que te
invoque y estarás ausente, distante de mi amor que te implora, que suplica cuál
Aureliano, una misericordia de tu parte.
Dormir, solo resta eso cuando la libertad está presa, cuando los días se
transforman, se fugan en la añoranza relativa que se extiende como alfombra.
Dormir, he de dormir. Bien, eso es todo, pues durmamos.
Y una y dos y tres ovejas se vuelan ahora de la corraleja, y cuatro y cinco y
seis se vuela la oveja y va donde el rey, y siete y ocho y nueve y diez si aún
no te duermes canta otra vez. Qué mísero es mantenerme aquí ahora, en esa
infranqueable línea que divide el sueño de la realidad. Nada hay para mí ahora,
ni el sueño siquiera viene en mi auxilio. Creo a veces quedarme dormido y escucho
el vaho del mundo, el inaudible aletear de la lechuza, de la noche constelada
que me habla y me llama a venerarla como una especie de joya antiquísima. Es la
noche mujer la vereda magnífica en la cual transita el dolor, es la noche el sahumerio
con que se santigua la ausencia. Es la naturaleza del hombre ser una criatura
para la noche, concebidos fuimos bajo las faldas de la noche y es necesario que
en busca de subsistencia derramemos sobre ella lo ínfimo de nuestros secretos.
Nada estaba planeado como yo lo quise, en mi designio de dios de mi cuerpo no
estaba plantada tu ausencia, nadie me dijo que podrías marcharte. Surcan tibias
las gotas por mis ojos y se empapa en esta parca noche de muerte y de angustia
la almohada, así como en el fondo de mí, está empapada y ahogada mi alma.
Clac... clac... clac... ya no sé si estoy dormido o despierto, ya ahora no sé
nada realmente.
Qué larga noche ha sido esta, solo he podido dormir dos horas como máximo y se
nota en mi rostro y en mi cuerpo el dolor que cargo dentro. Y pensar que tengo
que volver con el rostro alegre y la sonrisa fingida a la cruel rutina de
papeles; calificaciones y alumnos estúpidos que pagan por una clase que no
desean recibir, qué angustiosa es la vida de los que educamos, qué responsabilidad
tan grande de implantar cosas que ni a veces nosotros mismos creemos, solo por
el hecho de sentir que ayudamos a transformar el mundo cuando el mundo por el
contrario va cada día más por el desbarrancadero, porque los supuestamente
buenos no tienen el valor que para la maldad disponen los malos. Me levanto,
primero el pie izquierdo sobre las alpargatas y luego el derecho, miro el
reloj, las seis y cinco minutos, me levanto, me desnudo ante el espejo y
contemplo en mis formas como azota con su látigo de dolor y muerte tu ausencia.
Me estoy matando segundo a segundo y tú sigues sin saber de lo que ha sido mi
vida desde que partiste, allá, en esa necrópolis de angustia dónde yacen
difuntos mis sueños, muerde con su boca fría la soledad. Dejo la ropa en el suelo,
me ducho, saco la ropa limpia que he de ponerme y salgo en busca del sustento
para morirme lentamente, para postergar entre los dos el encuentro. No fue en
esta vida, tal vez Ana, será en la otra, donde comerás de mi mano y suplicaras
insensata y fría un poco de mi fuego. Salgo a la calle, ya listo y maquillado
de ropas y un bolso para parecer normal, nadie tiene que saber que muero de ti.
Extiendo la mano, y en busca de mi dinero dos taxistas se lanzan en mi
persecución, tomo el primero que me queda al alcance y le digo que me lleve a
la universidad central, el señor Guido decía su tarjeta, cincuenta y tres años.
Por su aspecto ha de ser padre de familia, tres hijos malcriados y una esposa
exprimidora de seguro. Mientras avanzamos sonríe y me mira por el retrovisor y
hace par comentarios sobre la universidad intentando ser amable y yo sonrío
falsamente comprendiendo lo inexorable de su trato por las particularidades de
nuestra cultura y la escasez de culpa ante mi infortunio.
Al otro lado, justo ahí, a medio centímetro del vidrio que ya no es este lado
sino es otro lado, allí dónde me protege el cuerpo este cristal que sube y baja
ante la conciencia del espacio en que nos movemos, para que no nos asesine la
mirada del otro, para poner esa barrera entre el mundo y nosotros, para que no
nos juzgue la mirada altiva, para ignorar a la mirada que nos da lástima, para
ser indiferentes y para salvarnos del agua cómo en este instante. Justo allá,
del otro lado, a medio centímetro de dónde he puesto mi mano abierta para
contemplarla desnuda a contraluz. Allá, del otro lado del cristal, empiezan a
formarse riachuelos en el aire, una gota que se desparrama y se conecta con
otra y que junto a otra hacen una gota gorda que se desliza, que traza el
camino invisible en el cristal que seguirán las otras gotas para bajar
suavemente y unirse al río de la calle que se abre ante el tránsito de las
llantas de este vehículo que me lleva a un lugar que no te contiene, dónde no
estarás sentada esperándome con las manos entre las piernas cómo sueles hacerlo
cuándo te da frío. Lo de nosotros Ana, no era más que una hoguera débil que se avivaba
con el viento, no podríamos haber saltado porque jamás estuvimos al borde del
precipicio, yo no te tomé la mano sacerdotisa y te llevé al cuestionamiento a
que te preocupara que hacía en cualquier lugar y cómo me había ido con mis
alumnos, eso tan cotidiano y trivial que preguntamos a quien se ama. Nos
habíamos dejado ser, prisioneros de un juego que habría de dañarnos, que me
partiría la existencia en dos y sabría con dificultad si ese tiempo que gasté a
tu lado valió algo la pena. Nos dimos Ana, la libertad que no nos compete para
hacer aquello que solo se hace siendo esclavos ¿Cómo íbamos a jugar al amor si
teníamos miedo de amarnos? ¿Por qué tenía tanto miedo si al final perder era una
opción y no un precepto? Ya no importa Ana, ya no estamos, y el tiempo que me
asusta ha dejado de ser distancia para ser frontera; un muro que me pone de tu
lado o del mío, allí, entre el apego y el abandono. Está la calle sola, una
sombra de agua espesa cubre la ciudad y yo del lado contrario del conductor le
sirvo de ayuda para dirigirnos mejor, los retrovisores están empapados, no sé
ve muy bien. Cruzamos la avenida y se atraviesa un perro y me pregunto que hace
un puto perro en medio de esta lluvia que baña la ciudad, el conductor lo
maldice y más adelante, allí, al cruzar la otra calle, del lado de una señal que
no se ve, en toda la intersección un autobús que viene a una velocidad normal,
seguramente con un conductor que tampoco ve muy bien nos choca por el costado
dónde me encuentro. No tendría que ir muy fuerte para no vernos, para que no
viéramos la señal de pare, ni él, ni yo que estoy de sparring, no tendría que
ir muy fuerte para que nos golpeara, para que las fuerzas se opusieran. Y ahora
un autobús nos golpea, el ruido, el choque en la puerta, el vidrio roto; doy
tumbos en el carro, patina por el agua en la calle y se voltea en el andén, un
dolor en la cabeza, fosfenos que aletean como mariposas y ahora el agua con su
lenguaje de gotas vienen a hablarme en el rostro. El ruido me aturde, quiero
moverme y no puedo, el conductor que grita, toco mi cabeza, un río de sangre
púrpura me invade las manos y sé que mi día ha llegado y en el último instante
de mi existencia, pienso en ti y sonrío Ana, porque te amo y porque no fue tan
malo todo, porque siento que el tiempo que tanto me aterra no fue perdido y
cierro los ojos para dejarme ir y encontrarme con la cruda y palpable sorpresa
que al volver a abrirlos estoy en mi cuarto, con los ojos aguados porque tuve
miedo de lo desconocido y porque ahora todo ha vuelto a empezar.
Me levanto asustado y miro al reloj, son las seis y diez, un desconcierto me
embarga y creo que siento miedo, cómo jamás lo había sentido en mi vida. Me
levanto, primero el pie izquierdo sobre las alpargatas y luego el derecho, voy
a la cocina y tomo un poco de agua que sabe a mierda por no haberme lavado la
boca, y esta asquerosa agua a pesar de su horrible sabor logra calmarme un
poco. Me quito la ropa ahí en la cocina y camino hasta la sala y frente al gran
espejo donde solías mirarte, me observo desnudo y recorro mis formas con la
mirada; no soy hermoso de ninguna manera, pero hay algo en mí que me gusta y me
pregunto que habrás visto tú que me abriste la puerta un tanto. No lo sé, ha
sido difícil todo esto, que pasara tan de repente, que yo me hubiera inmiscuido
tanto como en un prometedor asunto, amar ese baladí de tu andar sinuoso y esa
bagatela con que asumías la vida. Qué curioso eso, yo que soy tan razonable, Le
Monsieur serieux y la ropa planchada y el trabajo serio y tú tan niña y esos
aires de ensueño. De frente ahora, con el imbécil miembro en mi mano, creo que
estás allí de espaldas, ad portas de mi búsqueda, de mi reclamo machista y
misógino dónde busco matarte con una rudeza tierna, para que renacieras cada
vez que nos separáramos, para que siguieras viva después de la muerte. Tus
manos escudriñadoras que te buscan a ti misma en tu cuerpo, eso que no sale
ante el mundo. Tus nalgas extendidas como libro abierto, de rodillas, de
espaldas, y mi mano abierta que se abalanza para dañarte, para odiarte un poco,
para sentir en ese instante que no te amo, que no me tienes cuando soy yo quién
golpea, que me independizo de tus formas y que no ha habido necesidad alguna de
tu cuerpo, que no vales nada y eres una cualquiera. Para sentir que puedo irme
dejándote tres pesos en la mesa. Y ahora Ana, en esta mañana fría, soy yo quién
te ama y te anhela, dame los tres pesos a mí y úsame por lástima.
En el baño, justo en frente de la llave de la ducha se vienen a mi mente las
cosas que vivimos, el día en que andábamos de camping, tú y yo y un par de tus
amigos (más jóvenes que yo obviamente) que por esos días me llamaban tío, nos
tocó comprar la tienda instantes antes de irnos y tú en el almacén buscando la
más grande que permitiera movernos porque no íbamos a estar en la orilla de la
playa y perder el tiempo. Dejamos la corredera abierta para sentir la fría
caricia del viento nocturno que se acrecienta junto al mar. Allí, junto a ti,
experimenté la pasión por la vida, entraban en mí en ese instante unas ganas de
vivir eternamente y todo lo que en algún momento pudo haber sido extraño y
erróneo ya no tenía validez, habría prescrito el desamor y la tristeza en tus
brazos de yerbatera que me recorrían y curaban en mí, las heridas del alma.
Dejamos la corredera abierta Ana, quién habría pensado esa estupidez, quién se
flagela insistentemente con el ruido de un zancudo en el oído que juega a
resbalarse en la oreja.
Ya no nos veamos y no nos
vimos más Ana, un mes casi, 27 días que no te veo. Si tan solo nos hubiéramos
quedado ahí, con el aletear insistente del zancudo, junto a la brisa fría de la
playa, junto a tus amigos pseudo intelectuales que andaban en esos días dándoselas
de bad boys, escapándose de las clases fumando motita como le llaman ellos y
pensando en todo menos en revistas e itinerarios, nada de check-in para la
conferencia en otra ciudad así como yo; todo aburrido y pálido, tan falto de
los lamidos del sol y anhelante de los tuyos y tú, recién graduada de la
universidad y desempleada, viviendo en ese instante la aventura de la vida
conmigo, enseñándome a embates el placer que en mi juventud no tuve y dándome
la enseñanza de que siempre es tarde y que hay que vivir la vida a prisa, que
se esfuma y no hay tiempo para duelos. Salí de la ducha, me cambié, lleno de un
recelo absoluto, no iba a tomar un taxi, iría a pie hasta dos cuadras más abajo
del conjunto y tomaría el bus que me llevaría hasta a la universidad, a mi
rutina diaria, a ese frenesí de mostrarme alegre porque los códigos, las leyes,
los lineamientos, el manual de procedimiento docente me dice que debo ir
sonriente, que no puedo ser persona, que debo ser un robot que se descarga la
información y se sube una actualizada en aras de fortalecer su desempeño.
Frente al conjunto salgo y no hay taxis y esto me calma un poco, tal vez, se me
habría dado el impulso de tomar uno y se haría posible mi sueño, miro al cielo
y no hay muestras de una posibilidad de lluvia. Cruzo la calle, el sol brilla y
me siento más calmado sintiendo este aire de invierno vaporoso y gordo que pesa
en la nariz. Una cuadra abajo, veo venir a un hombre que corre en mi dirección,
camino suave para no tropezar con él y tratar de prever su accionar, detrás una
motorizada de la policía y la mano del hombre que desenfunda un arma, me pasa
al costado y siento junto a mi oído el fragor del estallido de la pólvora,
dispara, ambos disparan; policía copiloto y hombre que corre disparan, zumbando
pasan a mi costado las balas y perplejo, de rodillas en el suelo, con el bolso
que me diste que me niego a soltar siento que se me va el alma por una herida
que me atravesó el pecho, caigo de frente sobre los adoquines tibios, llenos de
la mierda arcaica de un millar de palomas. Pienso en ti y lloro porque no
volveré a verte, quién diría que moriría en el suelo pensando en tu cuerpo Ana,
que jamás se recostará sobre mi cuerpo, y él fin de mis días es ahora este
cuando te lloro y creo que no debí dejarte ir, que la pelea debió ser dada, no
debí entregarme, por tu amor Ana, debí haber llegado al segundo asalto. Cierro
los ojos y una luz en el fondo me ciega, se hace fuerte e insoportable y abro
los ojos y veo que es un haz de la luz de un nuevo día que se mete por la
ventana, una ventana que tras el olvido que trae consigo el dolor no he podido
cerrar la noche anterior o que deje abierta intencionalmente, no lo sé... para
mí, nada es sabido.
Abro los ojos y un ardor en el alma me embarga, no sé que ha pasado con esta
vida que me mete en su juego de ajedrez, un paso más y el alfil blanco mata al
caballo, Jaque. Pero el alfil negro cubre al rey ¿Daré ahora alfil por alfil?
¿Seguiré intentando y retrocederé? ¿O adelantaré a un peón que cuide mi alfil?
Ana, si ves cómo es este juego, todo implica sacrificios, renuncias, entregas y
absoluciones que nos llevarán más alto y más lejos. Allá mujer, a perder o
ganar iremos, pero jamás estaremos estáticos. Siempre hay que perder, hay que
dar algo, un sacrificio, una vital palabra que se esfuma, esa discursiva
ofrenda que arrojamos al suelo. Miro el reloj y son las seis y quince. Me
levanto, primero el pie izquierdo sobre las alpargatas y luego el derecho, sigo
de largo ahora y voy a sentarme a la sala en el sofá dónde te sentabas ¡¡Maldita
sea, Por qué todo tiene que hablar de ti!! Ya van dos veces que sueño cosas
extrañas y me levanto de un sueño que era otro sueño. Pienso en ti y me duele
la vida. A veces, creo que estás y que nos queremos, que estoy aquí en este
mismo sofá con la idea continua de llamarte, de escuchar tu voz del otro lado,
allá donde no soy yo sino estás tú, donde lo único de mí es lo que hay en ti y
que es tan libre ese lugar para hacer lo que te plazca. Sentado pienso que te
llamo, que te demoras y que quiero perder la esperanza de que me contestes, que
voy a renunciar a la idea en mí, de poder escucharte y que por el contrario
pensaré que todo esto hace parte de tu vida y que si no me contestas es porque
vives una vida extra en la cuál no estoy. Cuando estoy a punto de rendirme
escucho atrás, en el fondo, tu voz calma que me invita a sonreír. Entonces
pienso que al pensar esto, tú estás del otro lado tan contenta, llena de una
dicha inmensa porque me escuchas, y te hablo, te digo que de manera demente y
piadosa te quiero, que no hay nada entre nosotros que nos impida amarnos, que
la verdad no es más que un absolutismo barato que intenta enmarcar lo
cognoscible y que esto que vivimos no es verdad, no existe y no ha existido. Y
te ríes y empieza ahora la principal razón de amarte ciegamente. Se desgranan
en tu voz las palabras, los discursos conspiranoicos que te inventas en el
instante, esas cosas que te van fluyendo cómo quién suelta rimas, cómo quién
canta trovas. Me dirás tal vez, que no somos más que el sueño de Dios, que Dios
duerme y que en su corazón solitario de Dios sueña con crearnos y que al pensar
que nos crea y que le hacemos daño, llora dormido, que ahora cuando despierte
se arrepentirá de su deseo. Entonces te diré que no es así, que Dios no existe
y que no somos más que un cúmulo de casualidades físicas y químicas en un basto
universo y entonces reirás, reirás de mí y de mi incapacidad de soñar
diciéndome probablemente que nada hay escrito y que si Dios no existe que te lo
demuestre, y como obvio no podré hacerlo, te diré simplemente que no existe
cuando en mi interior miento. Si supieras que si creo que dios existe, que
tengo uno que llevo en una foto en la Cartera, que lo elegí mi dios, porque me
salvó de la muerte trayéndome al sabor de la vida, que pensarías si te digo que
le tengo un altar pero que mi dios no me lo enseñó mi madre y que jamás estuvo
en las oraciones de mi abuela, que mi dios mujer, tiene sexo, que anda conmigo
de la mano y que en sus ojos veo el futuro que anhelo, que dirías libélula
soñadora si te digo que mi dios tiene tu nombre y que mi semen es mi mejor
ofrenda, que la pago en aras de mantener el fuego de mi altar encendido. No me
juzgues por el ideal Ana, por las noches en vela y el aciago sueño que tengo a tu
lado, no me juzgues Ana, por ver en ti aquello que ni tú misma vez, ese ideal
que me he armado y que es de ti como lo es de mí, porque yo lo tengo y le doy
vida y creo que lo que pienso de ti es la verdad verdadera, la fidelidad
absoluta de tu ADN. Qué tonto es todo verdad. Pensar que eres todo lo que me he
soñado, que eres más de lo posible y que en ti se haya inscrito el dogma de mi
religión. Jamás deidad, creí en esto de las convicciones, de la ambivalencia de
la fe que jamás es perfecta como la exige el dios que la pide, pero si tan solo
pudiéramos hacer un cambio, si tan solo me pidieras algo, me dijeras que
necesitas algo, que hay en tu búsqueda incesante un desconcierto porque no
encuentras, que sea yo en cada instante tu salida, esa entrada a la otredad, a
la huida del cuerpo y el acceso al mío, que me anheles con ese fragor que te
anhelo y que me escuches con la alegría que suelo escucharte. Qué sea yo ahora
tu dios y te inclines ante mí y puedas encontrar en mí aquello que buscas y que
por amarme hayan en ti renuncias y que esas renuncias sean mi ganancia y mi
tesoro bendito. Me baño y me cambio Ana, y salgo a la calle a la inmensa calle
que se ramifica volviéndose casi un laberinto y me duele saber que es muy poca
la probabilidad de que me tropiece contigo, que ande por ahí distraído y te vea
pasar haciendo rulitos con tu dedo en el pelo, fumándote un cigarro de esa
libertad tan tuya para hacer lo que siempre has querido lastimándote solo a ti,
dándole perdón a los amores altruistas del pasado que sin pena y sin causa se
ofrecieron a ti. Qué va Ana, tú no sabes de nada, mañana llegará quién se
incline a tus pies y besarás de él su mano y le sacaras la espada sonrisa
tardía y le ofrecerás el don, el título, la real confirmación de su nobleza con
cada frase, con cada locura nueva y caerá a tus pies Madame, o más bien
Mademoisselle, señorita sin candados, tan libre golondrina que vuela, y te
amará como lo dice el destino, como cada ser que ante ti se enfrenta Ja, ja,
ja, ja. Te van a amar en la eternidad y la renuncia, él, aquel, el otro y los
que han de venir.
De pie en frente de la calle
salgo a la espera de lo que será ahora mi vida, está prórroga maldita de la
estabilidad tan anhelada, ese paraíso perdido qué ocultado bajo la rutina de
éxito me decía que mi búsqueda estaba insatisfecha, que ya no podría andar por
ahí con las manos en los bolsillos, siendo las razones del murmullo, de la
sonrisa fingida de mis alumnos que llegarían a decirme que por favor, que el
abuelo, que la madre, que las circunstancias adversas, que todo se sale de las
manos, enseñando en su inocencia a mentir al mentiroso. Meditabundo y preso de
ti miro al frente donde un carro estacionado me dice que debo cruzar, detenerme
del otro lado de la calle donde por primera vez hace unos meses te traje a mi
apartamento, a meterte a empujones porque las ganas de ti me consumían. Lo
sabías y lo supe, en ese instante cuándo dijiste que sí, qué vendrías a tomar
algo y despejar un par de dudas para un examen que tendrías pronto. Tú tan
intelectual y yo tan tosco, filosofaste ese día sobre mi cuerpo, me hiciste
letra sobre ese papel de las sábanas, fui verso en tus manos de poetisa. Cruzo
la calle y veo venir un auto a toda velocidad detrás del auto estacionado y no
me molesto por nada, solo sonrío y ruego porque está vez sea verdad, que pare
esta vida incierta, le pido al creador, si es que nos escucha, que me arroje
en otro infierno que no sea en el que tú eres el castigo. Me impacta y ruedo
por los aires como mantel que lanzado se extiende, allá va el maletín que cuido
como a nada y se desprende de mí un dolor del alma que ahora, lo remplaza un
dolor del cuerpo. Personas corren en mi auxilio, mi sangre se divide en
múltiples ríos que corren, que huyen de mí, tal vez sea Ana, que mi sangre te busca.
Siento que este ha de ser el final, cierro los ojos para acabar la lucha, para
dejarme ir, para encontrarme si hay un más allá, con mis ancestros que fueron
igual de miserables en la existencia. Me voy y abro los ojos y estoy de nuevo
en este cuarto, desesperado por esta maldita vida que me tiene preso y porque
la muerte tan inhumana no presta su ayuda ¡no viene esta terca reina de oscuro
en mi auxilio!
Me levanto y miro al armario, debajo, al lado de las maletas descansa sin pena,
envuelta y olvidada la tienda dónde bebí de tu sexo. Y debajo, asomándose casi
como una epifanía una cuerda que compré para escalar, está ahí, dormida y
enrollada en su silencio de objeto, tan útil para la vida y en este caso para
la muerte, es está una revelación. Jamás otras manos que no fueran mis manos,
jamás una persona que no sea otra persona llevará en vida la culpa de la
muerte. Ahora la muerte en su bondad de dios del equilibrio me permite
despedirme del sufrimiento. Hago un nudo lo cuelgo del balcón y de mi cuello y
me lanzo a la calle por la ventana, para hacer público las maravillas que en
contraste a la vida, nos ofrece la muerte. Adiós Ana, ojalá la vida te premie
pronto a ti, con la libertad de la muerte.
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